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¿A tu bebé le duele su pancita? Descubre cómo superar esos trastornos digestivos

Publicado: 27 de Agosto 2018
Primeros meses
Foto: IG @lu_mulloy
Foto: IG @lu_mulloy

¿Cuántas veces a la semana llora tu bebé y no sabes qué pasa? La mayoría de las veces se debe a que siente malestar estomacales o trastornos digestivos y, como no puede hablar, casi tienes que adivinar qué es lo que le pasa.

La mayoría de los problemas estomacales e intestinales en niños pequeños no son de gravedad, por lo que suelen solucionarse espontáneamente o gracias a cambios en los hábitos alimenticios; sin embargo, es importante conocer los trastornos digestivos para que reciban la atención adecuada y no interfieran en su desarrollo.

El crecimiento infantil se relaciona estrechamente con la nutrición, ya que la leche materna y los primeros alimentos sólidos (frutas y verduras) se encargan de proporcionar vitaminas, minerales, proteínas y energía que se requieren para la formación de tejidos, órganos, huesos y hormonas. Por ello, es importante vigilar el buen funcionamiento del sistema digestivo en los primeros meses o años de vida, pues de ello dependerá que el infante cuente con la "materia prima" que le permita desarrollar sus funciones mentales y físicas.

Aunque los problemas digestivos durante la lactancia e infancia son muy comunes y casi siempre se experimentan en forma ocasional, hay que decir que requieren la atención de padres y pediatras para observar su evolución, dar atención adecuada. Los más comunes son: 

Regurgitación y vómito

Es considerado por muchos pediatras el problema digestivo más común en niños (cerca del 48% llegan a padecerlo) y se distingue porque, luego de comer, el pequeño hace buches, escupe e, incluso, vomita pequeñas cantidades de leche o papilla con olor agrio. Esto ocurre debido a que el alimento ingerido se mezcla con ácidos estomacales, tal como sucede normalmente, pero regresa hacia la boca (hecho conocido como reflujo) por la inmadurez o falta de fuerza del esfínter esofágico inferior, que no cierra la entrada del estómago.

A pesar de que causa alarma, este problema desaparece en la mayoría de los casos entre los 6 y 12 meses de edad, cuando los músculos del sistema digestivo adquieren la fortaleza necesaria para realizar su trabajo. Sin embargo, más vale no confiarse e informar al pediatra sobre la frecuencia con que se presente el reflujo, ya que es probable que se tengan que adoptar medidas correctivas:

  • Mantener al bebé en posición vertical durante 1 ó 2 horas después de comer para dificultar el retorno de los alimentos.
  • Ofrecer pequeñas cantidades de comida, pero con mayor frecuencia (cada 3 ó 4 horas), para no recargar el estómago del niño y facilitar el trabajo al esfínter esofágico inferior.
  • Si el niño consume papillas, elaborarlas un poco más espesas para dificultar su retorno al esófago.
  • Cuando se ofrezca fórmula láctea, prepararla sin que tenga burbujas, pues el aire entorpece la digestión y favorece el reflujo.
  • Procurar que el pequeño duerma de lado para evitar que el alimento devuelto pase a las vías respiratorias y cause ahogo.

Asimismo, es absolutamente necesario que los padres acudan al pediatra en caso de que el lactante rechace los alimentos o se llene rápidamente, no aumente de peso y talla conforme a lo esperado, llore a menudo y muestre carácter irritable, tosa con frecuencia y se ahogue, genere sonido similar a un silbido cuando respira o manifieste molestias en la garganta y pecho (el pequeño extiende exageradamente el cuello y mueve hacia atrás la cabeza).

Diarrea

Los niños menores de un año realizan habitualmente 4 a 6 deposiciones al día, y cuando sólo toman pecho suelen tener evacuaciones frecuentes y espumosas, por lo que, para tranquilidad de muchos padres, los médicos coinciden en señalar que la consistencia del excremento no es realmente importante cuando el infante luce alegre y sin cambios notables en su humor. En cambio, la presencia frecuente de heces líquidas sí es motivo de consulta cuando el pequeño presenta poco apetito, vómito, fiebre, pérdida de peso y baja talla de acuerdo a su edad.

La causa más frecuente de diarrea es una infección producida por bacterias o virus, y más allá de la incomodidad que representa par a el menor, necesita la atención de un profesional para reducir el riesgo de pérdida excesiva de líquidos o deshidratación. Luego del diagnóstico, el tratamiento de diarrea suele consistir en:

  • Reponer el agua perdida mediante bebidas ricas en minerales o suero oral.
  • Mantener la dieta común, basada en leche y papillas de frutas o verduras.
  • En caso de que la fiebre sea muy alta, el pediatra puede recetar medicamentos que disminuyan la temperatura (antipiréticos).
  • Sólo en infecciones severas ocasionadas por bacterias se recurrirá al uso de antibióticos, y siempre bajo prescripción del pediatra.
  • En caso de que el niño tenga parásitos intestinales o amebas se recurrirá al uso de medicamentos específicos (antihelminticos y antiamebianos, respectivamente).

Estreñimiento

Es difícil identificar la escasa presencia de evacuaciones, ya que éstas puede variar considerablemente. En muchos casos es normal que un bebé que defeca cuatro veces al día llegue a hacerlo una sola vez cada dos días. Asimismo, no es raro que los niños sufran molestias cuando excretan materia fecal dura y grande, mientras otros lloran cuando eliminan una blanda.

El diagnóstico de estreñimiento, por tanto, lo debe realizar exclusivamente el pediatra, quien introduce suavemente un dedo con un guante en el ano del niño. Los síntomas de estreñimiento se suelen aliviar cuando se dilata la parte final del tracto digestivo, 1 o 2 veces, aunque también se puede recurrir al uso de un laxante suave, sobre todo en aquellos casos en que el esfuerzo ha generado una herida en el revestimiento del ano.

En caso de que el estreñimiento persista, el pediatra se encargará de descartar otras posibles causas, tales como enfermedad de Hirschsprung (mal funcionamiento del sistema nervioso y gran tamaño del intestino) o deficiencias en la glándula tiroides.

Cólico

En estos casos el pequeño sufre dolor abdominal (cólico proviene de la palabra colon), inquietud, movimiento de piernas constante, ruidos intestinales y carácter irritable debido a excesiva cantidad de gas en el vientre. No se conoce la causa precisa de este trastorno, pero se ha observado con mayor frecuencia en niños que lloran demasiado (la respiración agitada hace que trague mucho aire), aunque también se genera por alergia a la leche u otro alimento.

No es un padecimiento que ocasione desnutrición, por lo que el niño con cólicos suele crecer adecuadamente; de cualquier forma, es posible calmar las molestias tomándolo en brazos, meciéndolo o dándole suaves palmaditas; también se recomienda utilizar un biberón con un agujero pequeño para que no ingiera mucho aire. Este problema desaparece casi siempre hacia los tres meses de edad.

Alimentación insuficiente o excesiva

El primero de estos problemas se reconoce cuando el niño, en vez de calmarse y permanecer dormido después de comer, se muestra inquieto, se despierta 1 o 2 horas después de haber tomado pecho y parece hambriento; además, es común que registre aumento de peso y talla menores a lo esperado. Si esta situación persiste, se observará a largo plazo desarrollo más lento o menor en algunas habilidades físicas y mentales.

El diagnóstico de este problema, a cargo del pediatra, se obtiene al repasar los detalles de la alimentación del niño junto con los padres, y se soluciona básicamente al aumentar la cantidad de leche o papilla que se ofrece en cada toma.

Por el contrario, la sobrealimentación se distingue por el aumento considerablemente mayor del peso esperado, en tanto que la talla permanece dentro de lo estimado. Aparentemente no genera problemas, además de que un bebé gordito es bien visto por familiares y amigos; sin embargo, se ha observado que los problemas relacionados con la obesidad que surgen en infancia, adolescencia o edad adulta tienen su origen en el exceso de alimentos brindados durante la lactancia.

Cuando el aumento de peso es demasiado rápido, lo mejor es disminuir la cantidad de alimento que se proporciona en cada toma, bajo asesoría del pediatra, a fin de evitar problemas de salud futuros.

Por último, queda recordar que los trastornos digestivos durante los primeros meses o años de vida son bastante comunes, en muchas ocasiones por la inmadurez del sistema digestivo del infante, pero siempre deben ser atendidos con oportunidad, por parte de los padres y del pediatra, a fin de asegurar que el crecimiento del menor no se vea obstaculizado por falta de nutrientes en su dieta.

 

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