Los monos y la luna

Los monos y la luna

Cuentos

En un espeso bosque vivía una feliz manada de monos. Como la comida era abundante, y no les acechaban peligros, se divertían todo el día saltando entre las ramas y comiendo nueces y frutas maduras.

 

Dibujo: manada de monos

 

Una noche, mientras descansaban, vieron el reflejo de la luna llena en el lago del bosque. --¡La luna cayó al lago! ¡Tenemos que salvarla! –gritó uno. El mono viejo bajó del árbol, se acercó a las tranquilas aguas del lago y sentenció: --¡La luna cayó al lago y puede ahogarse! ¡Hay sacarla! –gritó. --¡Saquémosla de prisa! –respondieron todos. Y se pusieron a discutir la mejor manera que sería suficiente con encontrar una larga vara. Con ella, intentarían pescar a la luna.

Los más jóvenes, opinaban que lo mejor sería tejer una fina red de ramas secas para lanzarla al agua y recoger con ella a la luna con sumo cuidado. Y los más pequeños, que eran también los más intrépidos, sugirieron: --Colguémonos de una rama alta y hagamos una cadena con nuestros cuerpos sobre las aguas del lago. Así, podremos sacar a la luna y la colgaremos otra vez en el cielo.

La idea de los monos más pequeños fue admitida con entusiasmo por toda la comunidad. El mono más fuerte se agarró de una rama resistente que se inclinaba sobre el lago; el segundo se colgó de su cola y el tercero de la cola del segundo; y así, colgados unos de otros, hicieron una larga cadena hasta la superficie. El más pequeño de los monos, el que había propuesto la idea, fue el último de la cadena. Alargó la mano para pescar a la luna, pero, al cerrarla, sólo tomó unas gotas de agua; sobre la superficie del lago se formaron ondas y la luna se hizo añicos. El monito dio un grito de espanto: --¡He roto la luna sin querer! ¡Se ha roto con sólo tocarla! --¿Qué vamos a hacer ahora con los pedacitos de la luna? –dijo el mono viejo.

--Tenemos que pegarla, pero ¿con qué? –preguntó una mona. –Podríamos pegarla con saliva –respondió otra. –No, mejor con jugo de frutas –dijo el mono viejo. Y, mientras gritaban buscando la mejor solución, el agua se calmó poco a poco y reapareció la luna redonda y clara. El monito exclamó jubiloso: --¡La luna ha vuelto a ser redonda! Y extendió otra vez la mano para tomarla, pero esta vez la rama de la que estaban colgados, se rompió y los monos cayeron al agua. Cuando a duras penas llegaron a la orilla, estaban mojados, asustados, y temblando de frío. Volvieron a subir a las ramas altas del árbol, suspirando.

Entonces, uno de los monos alzó la vista y gritó: --¡Miren! ¡La luna ha vuelto a su lugar! Y, para sorpresa de todos, allí estaba, entera y redonda, en medio del gran cielo. –Quizá, cuando hicimos la cadena tuvo miedo de que la atrapáramos y volvió a subir a su ligar… --dijo el viejo mono, que no encontró mejor explicación, pero alguna tenía que dar. En todo caso, la alegría de ver la luna intacta fue tanta que los monos olvidaron el frío y el susto de repente. Y toda aquella noche se dedicaron a celebrar la buena noticia: la luna estaba en su sitio y ellos, con abundante comida y sin peligros acechantes, no tenían que preocuparse por nada.

 

Por: Silvia Dubovoy

Raquel Mendoza
Última actualización: Mié, 12/19/2018 - 09:08
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