Y, ¿cómo serán los niños de la cuarentena?

Vida de mamá
Foto: Sandy Bleiberg
Foto: Sandy Bleiberg

Y en medio del caos, de las videollamadas de escuela a las que siempre entramos tarde, de dos papás que tratan de tele-trabajar mientras logran pegar la maqueta de la tarea de ciencias, de mi histeria por una cocina explotada porque mis hijos ahora se creen cocineros.  De vasos de leche abandonados a cada tres metros de terreno, de los dulces pegados en el tapete y de las sábanas de cama que ahora aceptan –resignadas y valientes– su nuevo status de techo de casas de campaña. En medio del infinito caos, se encuentra un obsequio; un amor familiar en su estado más bruto. Ese amor que se vuelve tatuaje en el alma de mis hijos y en las memorias de su infancia. Un amor que termina por infectarlo todo.

 

Y lo veo en los ojos de mi hijo menor, que se emociona muchísimo al ver las estrellas o las hormiguitas del balcón haciendo un fila larguísima; esas cosas que a casi nadie le importan.

 

O que se levanta temprano en la mañana para cocinar el desayuno a toda la familia, –sin importar que el menú matutino sea cereal con leche, –señores, no exagero si digo que es el mejor cereal con leche de mi vida.

 

Y lo escucho cuando mi hijo mayor me dice que le encanta la cuarentena porque por fin podemos comer la familia junta en la mesa.

 

Y lo veo en mi esposo, que en su crisis de cuarentena compró una parrilla y cada sábado se emociona para hacer una parrillada para cuatro.

 

Y lo veo en mí, que en ausencia de prisas, he podido re-descubrir la luz que tienen los ojos de mi hijo chico y que yo ya había olvidado –no entiendo cómo alguien puede olvidar semejante espectáculo–. O cómo amo escuchar canciones de Natalia Lafourcade con mi hijo grande para aprendérnoslas y cantarlas llenas de sentimiento.

 

En este encierro, juro que me he re-enamorado de mis niños. 

 

Del milagro de sus formas, de sus voces, de sus caritas cerquita de mi nariz y de los cuidados de mi esposo. De cuando a mí me pasa algo bueno y él se pone a festejarlo como si le hubiera pasado a él. 

 

Quizás soy culpable de una absurda romantización de la crisis.

 

Quizás estoy sufriendo un extraño efecto Estocolmo. Lo que sí, es que en este encierro obligado, en éste frenar de golpe de la vida externa, en este coma inducido de las actividades del afuera, aquí adentro sucedió que nos re-encontramos a nosotros mismos y nos volvimos a enamorar como lo hacen los adolescentes; más allá del miedo y de la angustia, más allá de las terribles noticias; estos días son el regalo que mis hijos guardaran en su memoria y que –estoy segura, les dará fortaleza cuando aparezcan días oscuros en su futuro.

 

Sandy Bleiberg

Lun, 05/04/2020 - 10:32
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