La liebre jactanciosa

La liebre jactanciosa

Cuentos

Había una vez, una liebre a la que le encantaba exagerar y llamar la atención de todas sus compañeras. Vivía en un tupido bosque lleno de pinos y abedules, donde cada animal tenía que encontrar su comida con esfuerzo si quería sobrevivir durante el duro invierno. 

 

Dibujo: liebres 

 

La liebre jactanciosa, buscando un día qué comer, encontró una pequeña raíz que le supo muy sabrosa. enseguida, echó a correr para comunicarles a su compañeras: —Amigas liebres, ¿sabéis lo que me ha sucedido? Iba yo corriendo por el bosque en busca de comida cuando tropecé con algo tan grande y tan duro que por poco me parto la cabeza. ¡Mirad cómo quedó mi labio con el golpe!

—Cierto: tienes el labio partido, igual que todas nosotras —comentaron riéndose las otras liebres. —Pero, a ustedes apenas sí se les nota; vean en cambio mi hendidura. ¡Si hubieran visto el golpe! ¡Y es que choqué contra un enebro! Su tallo era tan alto que parecía un árbol de alerce, sus flores eran grandes como soles, y la raíz, del tamaño de un oso. Me puse a escarbar para descubrir la raíz entera y qué una montaña de tierra de cada lado. Era tan grande la raíz que llevo diez días alimentándome de ella y ni la mitad me he comido… ¡Vean cómo he engordado!

—Pues estás como todas nosotras. No parece que hayas engordado mucho desde la última vez que te vimos… —le dijeron. —Tal vez sea porque he recorrido demasiado para invitarlas a que prueben esa raíz. como tengo tan buen corazón, y yo ya me he dado un festín para toda la vida, pensé que a ustedes tal vez les gustaría probarla. 

Con la boca hecha agua, las liebre preguntaron: —¿Y cómo se llega a ese sitio? —Yo las llevaré, acompáñenme. Y corre que te corre la siguieron a través del bosque hasta que se detuvo en un lugar y dijo: —Aquí encontré el enebro del tamaño de un alerce. Y aquí, escarbé con las patas las dos montañas de tierra. 

—¿Y dónde están esas montañas? —preguntaron las liebres sorprendidas. —Se las llevó el río… —¿Y dónde está el río? —Se ha ido al mar…

—¿Y dónde está el enebro? —Como yo me comí la raíz, se ha marchitado… —¿Y el tallo del enebro? —Se lo comió el tejón… —¿Y dónde está el tejón? —Se marchó a la taiga… —¿Y dónde está la taiga? —La quemó un incendio… —¿Y la ceniza, dónde está? —Se la llevó el viento… —¿Y dónde están los muñones de los troncos? —Los ha tapado la hierba… Las liebres, aturdidas, la miraban sin entender, pero ella seguía muy segura de todo lo que decía. 

Como viera cierta desconfianza entre sus amigas, añadió: —No se preocupen, no hay nada más fácil que encontrar un enebro. Lo único que tienen que hacer es correr y mirar hacia los lados. Si de un lado no lo ven, seguro que lo verán del otro… Acuciadas por el hombre, las liebres empezaron a correr moviendo hacia los lados su cabeza para que no les pasara desapercibido el delicioso enebro del tamaño de un alerce. 

Y así estuvieron, corre que te corre, hasta que se desplomaron sin fuerzas; para reponerse se pusieron a comer la simple hierba, que al cabo les pareció más rica que el prometido enebro. Pero, no olvidaron la historia. Desde entonces, los ojos de la liebres no han vuelto a su sitio y siempre andan mirando hacia los lados. 

 

Por: Silvia Dubovoy

Raquel Mendoza
Última actualización: Dom, 01/06/2019 - 14:05
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