La división de la cosecha

La división de la cosecha

Cuentos

Antes de que existieran los hombres, sólo habitaban el mundo Dios y el Diablo. Por aquel entonces, los campos nunca habían sido cultivados. Dios y el Diablo decidieron que ya era tiempo de despertar a la tierra para que ésta diera sus frutos. El Diablo parecía un ser fuerte como un león, mientras Dios tenía aspecto de ser más bien débil. Pero, todavía no habían medido sus fuerzas. Lo primero que pensaron, fue en plantar trigo.

 

Antes de empezar la siembra, y para que no hubiera disputas después, Dios preguntó al Diablo: --¿Con qué parte quieres quedarte? ¿Con la que crece en tierra o con la que crece en el aire? El diablo, después de pensarlo detenidamente, contestó: --Quiero la que crece en tierra. Y, empezaron a sembrar. Pasó la estación de las lluvias, y después la del calor, y llegó el momento de la cosecha. Tal como se había dicho en el pacto, el Diablo se quedó con las raíces y Dios con las espigas y el grano. El diablo se llevó una tremenda rabieta cuando descubrió que su parte no servía para nada.

Al año siguiente, sembraron patatas. --¿Qué parte de la cosecha quieres esta vez? –volvió a preguntar Dios. Recordando la ocasión anterior, el Diablo contestó: --Quiero la parte que crece en el aire. Y, esbozando una sonrisa astuta, se alejó. Meses más tarde, cuando recolectaron la cosecha. Dios se quedó con las patatas que crecieron rollizas bajo la tierra y al Diablo le tocaron las hojas que no servían para nada. Nuevamente, el Diablo se encolerizó y se prometió a sí mismo aprender la lección. Al tercer año, sembraron más e igual que en los años anteriores, Dios preguntó al Diablo: --¿Qué parte de la cosecha deseas esta vez? --¡Los dos extremos! Lo que crece en el hondo y lo que crece más alto –repuso el Diablo.

Cuando el maíz maduró, Dios se quedó con las mazorcas y el Diablo con las raíces y tallos, que no servían para nada. Hecho una furia, el Diablo se marchó. Era la tercera vez que hacía un trato con Dios y había vuelto a salir perdiendo. Llegó la estación del frío. El Diablo se construyó un castillo de piedra para protegerse de los gélidos vientos. Dios se hizo un hermoso castillo de hielo, con altas torres e infinidad de almenas. Tan impresionante era el castillo de Dios que el Diablo, envidioso, quiso cambiárselo por el suyo.

A pesar de las malas experiencias pasadas, el Diablo acudió en presencia de Dios y le dijo con falsa amabilidad.: --Quiero demostrarte que no soy rencoroso. Mi castillo de piedra quizá no sea tan hermoso como éste de hielo, pero te aseguro que es bien fuerte. ¿Querrías cambiármelo por el tuyo? Y Dios estuvo de acuerdo. Cuando pasó el invierno y llegó la estación más calurosa, el sol brilló con gran fuerza y el castillo de hielo se derritió. De nuevo, el Diablo se quedó sin nada: sólo un gran charco de agua a sus pies recordaba lo que había sido su palacio.

Comprendió el Diablo, entonces, que Dios estaba presente en todos los misterios de la naturaleza y que su poder era infinito. Furioso, se fue a vivir al fondo de la Tierra para olvidar su derrota.

 

Por: Silvia Dubovoy

Raquel Mendoza
Última actualización: Dom, 12/30/2018 - 19:38
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