Atariba y Niguayona

Atariba y Niguayona

Cuentos

La pequeña Atariba estaba enferma.  Los cuidados de su madre y los remedios de los ancianos no parecían hacer efecto. Nigüayona, su mejor amigo, la miraba con tristeza, mientras ella dormía en su cabaña.  Recordaban cuando paseaban despreocupados por la orilla del río.  Apenas regalado un hermoso collar hecho de conchas y piedrecillas verdes.

Pasaba el tiempo y Atariba no mejoraba.  Nigüayona paseaba solo por el río haciendo sonar su caracol. -¿Qué haré para curar a mi amiga? –se preguntó en voz alta. Un papagayo verde y rojo que oyó su lamento se posó sobre su hombro y le dijo: -Me ha conmovido tu tristeza.  Como tienes un corazón puro, te diré un secreto de la selva que lejana del bosque crece un alto árbol caimoní; recoge su fruto, ponlo en los labios de Atariba y ella se curará.

Nigüayona corrió al pueblo y les contó lo sucedido a sus padres. Ellos estuvieron de acuerdo en que fuera a buscar del alto caimoní. Nigüayona se internó en el bosque.  Las ranas a medida que se ocultaba el sol.  La noche llegó y Nigüayona se sentó a descansar debajo de un frondoso árbol.  Sacó su pan, lo comió y se acostó a dormir. Al día siguiente, mientras atravesaba el bosque, encontró una hermosa chirimoya debajo de un montón de hojas. -¿Qué buen aspecto tiene! –dijo.

Pero, en lugar de comerla, Nigüayona se guardó el verde fruto en su morral pensando que, si no encontraba la fruta del caimoní, tal vez la chirimoya surtiera efecto sobre los labios de Atariba. Pasaron varios días y el muchacho se desesperaba porque era imposible encontrar el caimoní.  Las espinas del bosque le arañaban la piel, los insectos le incordiaban y tenía hambre y sed.  Guardó intacta la chirimoya, sin probarla, pensando que quizá ése fuera el remedio para su amiga.  En este estado, se encontró en la orilla de un río ancho y profundo. -¿Cómo podré cruzar este ancho río? Si no me apuro, Atariba morirá. ¿Dónde estará el camioní? Entonces, Nigüayona lloró desconsoladamente. 

A su lado, en la orilla, vio que algo brillaba. Era la chirimoya. –Yo alumbraré tu camino –le dijo a medida que se elevaba sobre la copa de los árboles y se convertía en un cometa. En ese momento, el río llamó a Nigüayona: --Salta sobre el lomo de mis aguas para poder cruzarme. El muchacho saltó y atravesó las aguas anchas y profundas. Al llegar a la otra orilla, descubrió el alto caimoní en el bosque.

Subió a la copa del árbol y cortó una fruta de la rama más alta. De regreso, volvió  a montar sobre el agua y ésta lo condujo a la misma orilla donde una vez caminara al lado de Atariba. --¡Deprisa! –le gritaron las gentes del poblado cuando lo vieron llegar--, Atariba se está muriendo, Nigüayona corrió al pueblo y se acercó al cuerpo de su amiga. Le colocó la fruta sobre los labios que ardían en fiebre. Atariba abrió los ojos húmedos y brillantes. Se sentó sobre su estera y miró a su alrededor.

Pocos días después, Atariba, con el collar de conchas y piedras verdes, y Niguayona volvieron a pasear juntos por la orilla del río. Un papagüayo verde y rojo les observaba complacido, y toda la selva inmensa les protegía con su incesante arrullo.

 

Por: Silvia Dubovoy

Raquel Mendoza
Última actualización: Mar, 01/01/2019 - 17:16
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